Morera > Categoría Productos > Restricción de materias activas para su uso en agricultura
En agricultura es habitual escuchar cada año que tal producto ya no está permitido, que otro cambia de condiciones o que directamente desaparece del mercado. Para el agricultor esto no es un detalle menor. Significa tener que replantear tratamientos, asumir más costes o enfrentarse a plagas y enfermedades con menos herramientas. La restricción de materias activas se ha convertido en uno de los temas que más preocupan en el campo.
Entender por qué se producen estas limitaciones y cómo afectan en la práctica es fundamental para no quedarse atrás. Vamos a ver las razones principales, ejemplos recientes y, sobre todo, qué opciones tiene el agricultor para seguir adelante.
Las materias activas que componen los fitosanitarios no tienen una autorización indefinida. Cada cierto tiempo se revisan a nivel europeo y nacional para comprobar si siguen siendo seguras. Cuando los estudios indican lo contrario, se reducen sus usos o se retiran.
Las causas más habituales son:
• Riesgos para la salud humana, tanto de los consumidores como de los aplicadores.
• Daños a polinizadores, insectos auxiliares, aves o fauna acuática.
• Persistencia elevada en el suelo o posibilidad de contaminar aguas subterráneas.
• Residuos detectados en alimentos por encima de los límites permitidos.
• Nuevos datos científicos que cambian la percepción de riesgo.
Esto quiere decir que una sustancia que se consideraba segura hace veinte años puede dejar de estarlo hoy. Es un proceso dinámico, que se mueve con la ciencia y con la demanda social de una agricultura más respetuosa con el medio ambiente.
Los citricultores todavía recuerdan la retirada de varios insecticidas que se usaban de forma habitual contra el cotonet. Esa pérdida obligó a recurrir a otras estrategias más costosas y en muchos casos menos eficaces.
En arroz, la reducción de fungicidas efectivos contra el Magnaporthe oryzae ha obligado a vigilar mucho más de cerca las parcelas. Sin esas materias activas, la única forma de mantener la enfermedad a raya es con rotación, variedades resistentes y un control más exhaustivo del manejo del agua.
En olivar, varios herbicidas muy usados para mantener limpio el ruedo han desaparecido. La consecuencia ha sido un aumento del control mecánico, el uso de cubiertas vegetales o la necesidad de realizar más pases de maquinaria.
Cada agricultor podría añadir su propia experiencia. Lo importante es que se trata de un cambio real, que ya está presente en prácticamente todos los cultivos.
La desaparición de materias activas no se queda en un listado oficial. Afecta a la práctica diaria de las explotaciones de varias formas:
1. Menos alternativas disponibles. Cuando solo queda una o dos opciones contra una plaga, se incrementa el riesgo de resistencias y se pierde flexibilidad.
2. Más costes de producción. Los productos alternativos suelen ser más caros y en ocasiones requieren varias aplicaciones.
3. Mayor complejidad técnica. Cambiar un producto no es tan sencillo. Hay que ajustar dosis, plazos de seguridad y comprobar compatibilidades.
4. Riesgo legal. Usar una materia no autorizada puede implicar sanciones y la pérdida de certificaciones.
5. Impacto en el rendimiento. Si no se controla bien la plaga o enfermedad, las pérdidas de cosecha pueden ser importantes.
No es extraño escuchar en cooperativas o comunidades de regantes que cada año cuesta más planificar un programa de tratamientos eficaz y a la vez legal. Y esa sensación va a seguir aumentando.
Aunque la lista de materias activas se reduzca, existen formas de afrontar esta situación sin quedar desprotegido:
• Gestión integrada de plagas. Observar la parcela, colocar trampas, monitorear la evolución de las plagas y tratar solo cuando el nivel lo exige.
• Rotación de materias activas. Utilizar de manera alterna las que todavía están disponibles para evitar resistencias.
• Bioplaguicidas y productos de bajo impacto. Cada vez hay más opciones en el mercado a base de microorganismos, minerales o extractos vegetales.
• Variedades resistentes. Seleccionar material vegetal con tolerancia a enfermedades clave es una herramienta muy eficaz.
• Prácticas culturales. Una poda que mejore la aireación, un riego ajustado o el control de la densidad de plantación pueden reducir mucho la presión de plagas y hongos.
• Asesoramiento técnico. Contar con un técnico actualizado es clave para conocer cambios normativos y alternativas disponibles.
En cítricos, muchos agricultores han integrado control biológico con sueltas de insectos auxiliares. En olivar, el uso de caolín frente a la mosca se ha consolidado como alternativa real. En hortalizas, el empleo de mallas o cubiertas físicas ayuda a reducir la presión de insectos.
Son ejemplos de cómo se puede seguir trabajando sin depender exclusivamente de los productos químicos que ya no están autorizados.
La restricción de materias activas no es un hecho aislado ni una moda. Forma parte de un modelo agrícola europeo que busca reducir el impacto ambiental y ofrecer alimentos más seguros. Esto supone un reto evidente para el agricultor, que debe adaptarse con menos herramientas químicas y con un manejo más complejo.
Pero también puede verse como una oportunidad. Quien se adapta antes consigue mantener la productividad, acceder a mercados más exigentes y diferenciarse con un producto más sostenible.
El agricultor de hoy necesita información constante, capacidad de adaptación y la mente abierta para incorporar nuevas soluciones. Las restricciones van a seguir, y la única manera de afrontarlas con éxito es estar preparado.
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